Qué es el “cottagecore” y qué dijo sobre nosotros en 2020

Las fantasías bucólicas de la Generación Z durante la pandemia y sus implicaciones sociales, políticas y ambientales

Mujer en el jardín, de Claude Monet. Fuente: Wikimedia Commons.

Praderas, casas de campo hechas de madera y piedra, ganchillo frente a la chimenea, ordeñar vacas, recoger flores, hornear galletas, hacer un pícnic bajo la sombra de un árbol… No, no se trata de Heidi ni de La casa de la pradera. Hablamos del cottagecore, probablemente la tendencia estética más popular entre la juventud de la Generación Z durante la pandemia. Una generación urbanita que, por lo general, no ha experimentado la vida rural más tradicional y manual, pero cuyas fantasías bucólicas y pastoriles han inundado redes sociales como Instagram, Tumblr y, especialmente, TikTok.

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Ahora que este fervor comienza a disiparse (o no), es el mejor momento para analizar lo que ha supuesto y qué ha dejado tras de sí. Analizar esta corriente virtual y sus implicaciones sociales, políticas y ambientales puede ayudarnos a comprender las nuevas formas en las que se expresa la relación entre el ser humano y la naturaleza, nuestras perspectivas de lo urbano y lo rural en la era de Internet y las redes sociales.

“Cottagecore” es la unión de las palabras “cottage” (casa de campo) y el sufijo -core, que deriva del concepto musical “hard-core”, y hoy en día se añade al final de ciertas palabras para designar un género, en este caso, de trends estéticos en las redes sociales. El término aparece por primera vez en 2018, aunque se hace verdaderamente presente en 2019 y explota en toda su viralidad en 2020, coincidiendo con los meses de confinamiento más duro por la pandemia del coronavirus. Desde entonces, se acumulan, a fecha de la redacción de este texto, 6,6 billones (sí, con “b”) de visualizaciones en TikTok de la etiqueta #Cottagecore y más de 2 millones en Instagram. Más de un tercio de millón de usuarios siguen esta etiqueta en Tumblr, que a finales de marzo de 2020 lanzó Cozy Tumblr, una plataforma especialmente dedicada a este tipo de estéticas acogedoras.

Antes de nada, definamos bien de qué estamos hablando, para quien nos lea y no esté dentro de este mundillo. Una “estética de TikTok” es definida por S.L. Trottier (2020), autora de una tesis sobre el movimiento cottagecore, como una subcultura dentro de la red social que une ciertos gustos estéticos, musicales, literarios… Y crea una comunidad a su alrededor. En el caso del cottagecore, llega incluso a proponerse un estilo de vida alternativo, a través de la fantasía y la romantización de la vida rural. Millones de usuarios y usuarias, especialmente mujeres, se han lanzado a los brazos de estas artesanías, actividades tradicionales, campestres y pastoriles, de estos escenarios idílicos en praderas, bosques y granjas. Coincidiendo, por supuesto, con los anhelos de libertad, espacios abiertos y aire fresco vividos durante el estallido de la pandemia del COVID-19.

La apertura después de la primera ola y la llegada del buen tiempo no hicieron sino exacerbar su viralidad. “A medida que los países se abrieron a una situación posterior al coronavirus, encontramos un aumento general en la atracción hacia la positividad y la alegría. Vimos que las personas regresaban a formas de vida menos urbanas (…). Lo que me interesa es que la desconexión es casi un alejamiento de la modernidad urbana convencional”, declaró Angad Chowdhry, cofundador de la empresa tecnológica especializada en Inteligencia Artificial Quilt.AI. Su IA analizó esta tendencia, certificando su explosión de popularidad a partir de marzo de 2020 y la preeminencia de la Generación Millennial y la Generación Z como sus seguidores y seguidoras.

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Historia de la utopía bucólica: ¿Nos hemos convertido en María Antonieta?

Sentadas las bases del cottagecore, atendamos ahora a sus precedentes. La fascinación con lo campestre puede rastrearse hasta, por lo menos, la Antigua Grecia. La región de Arcadia era definida como el polo opuesto a la refinada civilización ateniense, una tierra primitiva de pastores, humilde, pero idealizada por los urbanitas griegos.

Happy Arcadia, Konstantin Makovsky. Dominio público.

Tiempo después, comenzó a evocarse como símbolo utópico en la mentalidad colectiva. Esto les sucedió a los habitantes de Alejandría, la ciudad insignia del progreso mediterráneo, fundada por el conquistador Alejandro Magno y baluarte del conocimiento. Sucia, llena de enfermedades y contaminación, la metrópolis creó, irónicamente, una sensación nostálgica en sus habitantes, que aspiraban a vivir en una Arcadia ya mitificada. El incendio de su biblioteca no parece sino enfatizar aún más esta metáfora de declive y degeneración de lo urbano.

Encontramos en Teócrito (216-260 a.C.) el arranque de la poesía pastoril, un género literario que idealizaba a los pastores y estaba destinado a la clase urbana culta, que buscaba escapar al campo sin prescindir de su estilo de vida refinado. El resultado era una representación tranquila, feliz y espontánea de la vida en el campo. Nada más lejos de la dura realidad de entonces (y de hoy, en muchas ocasiones). Esta literatura mantuvo su popularidad durante el Imperio Romano y épocas posteriores, hasta su renovación en la época isabelina, con las obras pastoriles de Shakespeare. Más tarde, encontramos trazos de esta romantización en la pintura prerrafaelita, el movimiento Arts and Crafts o el Art Nouveau, todos en el siglo XIX, surgidos en oposición a la industrialización acelerada y los horrores del nuevo capitalismo.

María Antonieta, retratada por Élisabeth Vigée Le Brun. Fuente: Wikimedia Commons.

Más allá de lo literario, existe una referencia histórica siempre presente en los análisis de quienes han estudiado el cottagecore: el caso de María Antonieta (1755-1793). La última reina de Francia antes de la Revolución de 1789 y el derrocamiento del Antiguo Régimen fue el centro de una corte en la que ella marcaba las modas y tendencias, los rumores y escándalos. En 1783 sorprendió a todos con la presentación de un retrato intimista en el que aparecía representada con un vestido suelto y vaporoso, despojada de todo indicador de realeza, llevando un sombrero de paja, en un ambiente sobrio y, a su lado, un conjunto floral. El retrato despertó críticas por quienes consideraban que la reina se mostraba de forma indecente, ya que aparentaba ir en camisón.

El mismo año, se hizo construir una aldea en sus tierras como lugar de recreo. Un “minipueblo” rural con lagos, cabañas, huertas, un palomar, una lechería, lagos y templos paganos. El Hameau o Aldea de la Reina era una especie de parque de atracciones fantasioso, una imitación del campo, mucho más cómoda que la realidad, eso sí. María Antonieta organizaba reuniones sociales en este paraíso artificial, en las que ella y sus invitados se disfrazaban de granjeros y pastores, cultivaban, ordeñaban vacas y cuidaban de los animales.

Le Hameau de la Reine, Versalles. Fuente: Wikimedia Commons.

En un hilo de Twitter que se hizo viral, el Museum of English Rural Life caracteriza a María Antonieta como pionera del cottagecore. “La granja de la reina está enraizada en la nostalgia por una experiencia que contrasta profundamente con la realidad”, sentencia el Museo. Este pasatiempo fue ridiculizado ya en aquella época por quienes consideraban que la reina estaba haciendo una especie de “travestismo de clase”. Algo impropio para la aristocracia e insultante para el campesinado, que moría de hambre mientras ella “jugaba al pastoreo” con su corte. El Hameau es parte del mito de la mujer frívola, despilfarradora y alejada del pueblo que se convirtió en oficial en la Revolución Francesa (“¡Que coman pasteles!”, frase falsamente atribuida a la reina, es el mejor ejemplo).

Sin ánimo de minimizar el rol despótico que ejercía por su posición, debemos romper una lanza por su creatividad y comprender su punto de vista. Sintiéndose encerrada en una jaula dorada, a la cabeza de un régimen decadente y constrictor, vio en el campo una vía de escape, un oasis ilusorio en el que refugiarse. Viendo lo sucedido en 2020 con el cottagecore, tal vez no seamos tan diferentes de María Antonieta, después de todo.

Redes sociales, referencias culturales y mercantilización de la utopía líquida

Ahora conocemos los precedentes históricos de la idealización de la vida rural. Nuestra siguiente pregunta es: ¿Cuáles son los ingredientes que componen nuestras fantasías campestres en la actualidad?

La juventud Millennial y, especialmente, la Generación Z, han construido sus referencias con Heidi, las películas de Disney o las de Studio Ghibli, como El castillo ambulante. S.L. Trottier recalca cómo, justo ahora, cuando estas generaciones dejan atrás su infancia, se ven expuestas a vulnerabilidades y presiones políticas, sociales, económicas y ambientales que les llevan a “producir formas de autoexpresión que simultáneamente permiten un retorno nostálgico a la infancia, así como una oportunidad para reproducir narrativas que han sido implantadas en su psique a través de una película infantil animada”.

Las películas de Studio Ghibli han sido gran fuente de inspiración para el cottagecore. En la imagen: una escena de The Wind Rises (2013).

Desde el punto de vista estético y artístico, hablamos de unas generaciones aburridas de las modas pop frías, urbanas e inorgánicas de los años 2010. Era cuestión de tiempo que la juventud diera un vuelco hacia algo diferente.

Socialmente también existía un terreno fértil: como el antropólogo social Carles Freixa explicó en una entrevista, la “generación hashtag” tiende a conformarse en tribus urbanas virtuales, “entidades fluidas y cambiantes” con “identidades subculturales”. La persona se vende a sí misma y se convierte en propagandista de su propia identidad en las redes sociales. Solo hacía falta un catalizador, y entonces la pandemia llegó a nuestras vidas. “En situaciones de crisis, las redes sociales se muestran especialmente útiles porque aumenta la comunicación entre los usuarios y se crea un sentimiento de comunidad”, señala un estudio sobre el éxito de TikTok durante el confinamiento.

El videojuego Animal Crossing: New Horizons pertenece a los llamados juegos wholesome, pensados para que el jugador no sienta estrés ni frustración, sino paz y bienestar, mientras los juega. Fuente: Flickr.

Pero esta tendencia ha ido más allá. El videojuego Animal Crossing: New Horizons cosechó un éxito espectacular en marzo del año pasado, un juego basado en la vida tranquila en el campo y que supo captar el escapista “anhelo por perseguir una vida armoniosa y pacífica”, que permite “escapar de la cruel realidad temporalmente”, indica un estudio. Más recientemente, Los Sims 4 ha anunciado el lanzamiento de su próxima expansión, llamada Cottage Living y centrada por completo en un estilo de vida cottagecore. Campañas de moda desde El Corte Inglés hasta Gucci, discos musicales como el de la cantante Taylor Swift, vestidos virales de estampados de fresas… La lista es interminable.

Ante estas fantasías escapistas, el marketing sabe sacar tajada. El estudio “Re-examinando la utopía en el consumo contemporáneo“(2021) de Aleksandrina Atanasova destaca justamente el cottagecore como un fenómeno de consumo que forma parte de una tendencia más amplia: “un deseo profundamente anclado por que la realidad sea diferente de lo que es”. La autora llama a esto “utopías del consumidor líquido”, expresiones mediadas por el mercado de los deseos de reimaginar y reconstruir la realidad, y de reenmarcar el presente a corto plazo. Las diferencia de este impulso utópico con respecto a los anteriores son:

Inmediatez: hay una reimaginación del presente, frente a una proyección de futuro.

Hiper-individualización: se hace énfasis en las experiencias individuales, en lugar de lo comunal o colectivo.

Transitoriedad: se busca reenmarcar la realidad experimentada, en lugar de perseguir cambios permanentes y de larga duración.

Tanto los productos visiblemente asociados a lo cottagecore como el propio consumo que hacemos de las redes sociales han alimentado una rápida mercantilización y un marketing que da pie al llamado “greenwashing”: las tácticas de grandes empresas para aparentar ser ecologistas y preocuparse por el medio ambiente con el fin de causar buena imagen y aumentar sus ventas. Como utopía líquida que es, se basa en “abastecer deseos efímeros en una sociedad contemporánea hambrienta de tiempo”, destaca Atanasova en su artículo. Esto no deja de ser irónico, teniendo en cuenta que esta corriente se presenta a sí misma como alternativa a la sociedad de consumo urbana e, incluso, contrahegemónica. Ha llegado el momento de hablar del discurso ideológico detrás del cottagecore.

Ironías y contradicciones del cottagecore: entre el anticapitalismo queer y el colonialismo

A pesar de que el cottagecore no existe como movimiento político, sino principalmente estético, sí suele ir acompañado de una serie de principios y valores, referencias y códigos socioculturales. Muchos análisis sobre esta tendencia acreditan que tiene un componente anticapitalista y crítico con la sociedad de consumo, la contaminación urbana, la adicción a las tecnologías y las expectativas sociales que la juventud sufre. Busca en el campo una huida de la acelerada vida de la ciudad y su explotación laboral: “El anhelo por situaciones, épocas o formas de vida más simples es un intento por compensar y contrarrestar los efectos del estrés de alta intensidad”, según Krystine Batcho, profesora de Psicología de la Universidad Le Moyne (Nueva York), en unas declaraciones a la CNN

En el mismo artículo, Carla Manly, psicóloga clínica de Santa Rosa (California), advertía del peligro de que, entre “la ensoñación de pintorescas casas de campo y colinas onduladas, se pueden olvidar las realidades de la vida en el campo”. Influye en esto el hecho de que sea un movimiento occidental y primermundista, donde las necesidades básicas ya están cubiertas y el campo puede concebirse como escenario ocioso y recreativo, más que como contexto duro y asociado a la supervivencia.

A la ironía de que este movimiento fuertemente naturalista viva en el interior de las pantallas de nuestros móviles, y de que este ensalzamiento de la vida rural pueda distorsionar nuestra percepción sobre ella, añadimos otra: la contradictoria perspectiva entre la inclusión que promete y los verdaderos efectos sociales de sus representaciones.

El cottagecore contiene una crítica implícita a la hegemonía masculina y los roles de género. Es por esto que una gran parte de su audiencia y seguidores son mujeres y personas LGTBI+. El cuarto hashtag que aparece cuando uno busca “cottagecore” en TikTok es, de hecho, #cottagecorelesbian, con más de 62 millones de visualizaciones.

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S.L. Trottier, en su tesis sobre el cottagecore (2020), explica que éste está codificado como queer y supone para sus soñadoras fans una “reimaginación de la vida rural como paraíso libre de opresión heteropatriarcal”. Para el colectivo LGTBI+ significa una apropiación de un espacio como el campo, que tradicionalmente lo ha marginalizado. Para las mujeres, una forma liberadora de entender el trabajo doméstico, sin los roles y la opresión socialmente implícitos, más aún en el mundo rural.  Sin embargo, esta reclamación del espacio narrativo de la naturaleza no está exenta de problemas.

Para empezar, la propia plataforma de TikTok, donde nace el cottagecore, está regida por algoritmos y dinámicas que no favorecen precisamente la inclusión ni la diversidad. Diversos estudios han señalado que hay una tendencia a que aparentemente se visibilice más a jóvenes que cumplen los cánones de belleza establecidos. Esto recae especialmente sobre las mujeres, que deben ser jóvenes, blancas, estilizadas, heteronormativas, convencionalmente atractivas y ricas para adquirir fama y reconocimiento (con la contraparte de la vigilancia y evaluación públicas, el riesgo de humillación y acoso masivos). Todo lo demás queda relegado e invisibilizado.

Doctrina del destino manifiesto - Wikipedia, la enciclopedia libre
La narrativa colonialista propugna la reclamación de la tierra como propia y su exaltación como nuevo mundo a ocupar, excluyendo a sus habitantes originales en el proceso. Imagen: El Progreso Estadounidense. Fuente: Wikimedia Commons.

El secretismo de su algoritmo nos impide comprobar si la propia aplicación privilegia a los grupos sociales hegemónicos o si es nuestro uso sesgado el que reproduce la aparición de estos contenidos. A pesar de que ciertos colectivos han querido visibilizar un cottagecore protagonizado por mujeres negras, con cuerpos diversos o menos femeninas, la realidad es que las imágenes con la máxima popularidad siguen siendo las de chicas blancas, delgadas, rubias y con vestidos largos, recogiendo flores o paseando entre la hierba. Pero ¿solo hay factores externos que trastocan sus buenas intenciones, o tiene el cottagecore un lado oscuro?

Trottier (2020), en su análisis, habla de un “método sutil de circulación de estéticas, ideologías y narrativas coloniales” oculto en el trasfondo de la romantización del campo. La producción de una fantasía pastoril y campesina tiene, históricamente, lazos con los discursos coloniales que justificaban la apropiación de las tierras indígenas y rechazaban la sociedad metropolitana por su decadencia, en busca de un “mundo nuevo”. Para Trottier, este legado reside en el núcleo mismo de la cultura cottagecore: “Rechazar una vida ligada a la conexión digital constante y la vida urbana es un eco de las insatisfacciones con el progreso industrial presente en las narrativas de literatura pastoral en el canon colono”.

La imagen de la familia campesina tradicional fue usada por el nazismo para transmitir sus valores. Fuente: German Art Gallery.

La posible consecuencia para la autora es la aproximación a discursos de extrema derecha, a pesar de su apariencia “LGTB-friendly” y anticapitalista. En particular, alerta sobre los paralelismos culturales con el discurso anti-indígena, colonialista y supremacista blanco en Norteamérica y, en Europa, con el ecofascismo: ideología que plantea que la protección del medio ambiente solo puede llevarse a cabo mediante políticas represivas, tradicionalistas, extremadamente conservadoras y restrictivas con la natalidad, la inmigración y las personas no-blancas.

La glorificación de la naturaleza y la vuelta a su culto tradicional pagano estuvieron muy presentes en la Alemania nazi. En su día, los ambientalistas y conservacionistas recibieron el ascenso del nazismo con los brazos abiertos. Esta ideología se resume en el lema nazi Blut und Boden (“sangre y tierra”). La glorificación nostálgica y conservadora del pasado, simbolizado a través de la vida rural, ha tenido y puede tener tintes ideológicos con consecuencias peligrosas.

¿Caminamos hacia el campo?

Esta “biofilia” se refleja en nuestro mundo virtual, y no solo a través del cottagecore: un estudio de decenas de miles de fotografías en las redes sociales de 185 países halló que había una relación directamente proporcional entre el nivel de felicidad y la presencia de la naturaleza en ellas. Las personas con jardín afirmaron sobrellevar mucho mejor la pandemia y, hablando ya a gran escala, cuanto más verde es un país, más feliz es su población.  En el lado contrario, el riesgo de padecer trastornos psicológicos es un 40-100% más alto en las ciudades; los trastornos de ansiedad, humor y esquizofrenia son más frecuentes entre urbanitas.

El movimiento Fridays For Future es un claro ejemplo de que la preocupación por el medio ambiente ha calado ampliamente y se ha convertido en asunto principal de la agenda social. Particularmente entre la juventud. En España, el Barómetro Juvenil de 2019 mostró un alto grado de compromiso en los y las jóvenes. Particularmente las mujeres están más implicadas y preocupadas, algo que puede relacionarse con la feminidad tan característica en el cottagecore.

Esta inquietud juvenil no se queda solo en las ideas. La despoblación rural de la llamada “España vaciada” y las posibilidades de estas regiones contra el cambio climático despiertan el deseo de algunos grupos por reconstruir y recuperar pueblos olvidados. Acercándonos más al presente, no son pocos los que, desde el inicio de la pandemia, se han instalado en pueblos y zonas rurales. No solo aquí, sino en todo el mundo. Un “éxodo urbano”, cabe decir, accesible económicamente solo para una minoría.

Así pues, ¿es el cottagecore solo una expresión históricamente recurrente de nostalgia y desencanto, relanzada por una época de crisis? ¿Pasajera, consumible, fantasiosa y contradictoria? ¿O es el reflejo de una tendencia social que dará frutos tangibles a largo plazo? De ser así, deberán resolverse las ironías e incoherencias de este movimiento ruralista, que sigue caminando entre idealizaciones reformistas, ecologistas y pretendidamente transformadoras, por un lado, y alargadas sombras de capitalización, choques entre clases sociales e implicaciones ideológicas peligrosas, por otro.

Mientras lo averiguamos, ¿nos vamos de pícnic?

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