Aproximación histórica a las enfermedades de transmisión sexual

Las enfermedades de transmisión sexual (ETS) o enfermedades venéreas –como han sido denominadas desde el siglo XVI hasta la segunda mitad del siglo XX– constituyen un grupo de enfermedades cuya denominación viene definida por su vía de transmisión más frecuente: la vía sexual. Esta característica hizo que de modo general fueran fuertemente connotadas desde el punto de vista moral y percibidas muy a menudo como resultado de la transgresión de una norma sexual, asociadas a conductas sexuales anormales y, en consecuencia, estigmatizadas. A estas connotaciones se añade una construcción epidemiológica con un marcado componente de género. Históricamente los roles de género han condicionado la construcción de las causas y las vías de transmisión de estas enfermedades, determinando la gestión de su control. Un claro ejemplo es la construcción del origen de la sífilis asociado a la prostitución femenina durante el siglo XIX.

Las medidas de control de las ETS han reflejado la tensión entre la libertad individual y el interés del Estado por preservar la salud colectiva, lo que ha acabado concretándose en la adopción de diferentes estrategias como el tratamiento médico confidencial, la educación sexual, el seguimiento de contactos o la obligatoriedad del diagnóstico y el tratamiento. Estas estrategias, que han oscilado entre el voluntarismo y la coerción, han intentado con más o menos éxito controlar estas enfermedades. En cada época los contextos históricos y culturales han marcado las respuestas médicas y sociales a las enfermedades de transmisión sexual y generado diferentes respuestas políticas.

Es posible que la gonorrea existiera en Europa antes del siglo XV, cuando las infecciones por sífilis probablemente llegaron por primera vez del Nuevo Mundo. La experiencia histórica muestra que el incremento de estas enfermedades ha sido percibido por el Estado y la sociedad como un indicador de cambios en la norma sexual y en las conductas sexuales, y han generado situaciones de alarma social y diferentes respuestas. Así, el cambio del siglo XIX al XX en Europa estuvo marcado por intensas preocupaciones sobre la amenaza del declive demográfico de Europa y la degeneración de su población. Las enfermedades venéreas fueron percibidas en ese contexto como una de las principales causas del declive de la cantidad y la calidad de su población -esto es, las preocupaciones eugenésicas- y una amenaza para la familia, convirtiéndose así en un peligro social para las sociedades europeas.

En el siglo XX, la incidencia de estas enfermedades decayó durante el periodo de entreguerras. Sin embargo, la tendencia al descenso se vio interrumpida por la II Guerra Mundial, aunque la incorporación de la penicilina y otros antibióticos a los recursos terapéuticos mejoró la situación y generó un amplio optimismo. No obstante, a finales de la década de los 50 este optimismo fue ensombreciéndose. El aumento de la incidencia de estas enfermedades entre nuevos grupos sociales –adolescentes, inmigrantes, homosexuales– se convirtió en objeto de preocupación e intervención por parte de los médicos especialistas clínicos y de salud pública. Además, nuevas infecciones como trichomonas, uretritis no gonocócicas y clamidias se añadieron a las clásicas enfermedades venéreas: la sífilis, la gonorrea, el chancro blando y el linfogranuloma venéreo.

La década de los 80 del siglo pasado estuvo marcada por la irrupción del VIH/ SIDA y su posterior difusión a lo largo de las siguientes, lo que ha llamado de nuevo la atención sobre el impacto de estas enfermedades en la sociedad y los dilemas que genera su control. España se vio especialmente afectada por esta epidemia, que inicialmente se caracterizó por el predominio de la transmisión entre los usuarios de drogas vía parenteral (intravenosa). Sin embargo, la vía de transmisión sexual ha ganado peso progresivamente, incidiendo especialmente en el grupo de hombres que tienen sexo con hombres.

Las ETS permanecen como un terreno no solo para temas de salud pública y control de la enfermedad, sino que constantemente invocan cuestiones más amplias sobre la sociedad, la responsabilidad, la moralidad, el género, la sexualidad y la ciudadanía. Los intentos de controlar la conducta individual en beneficio de la salud pública resultan casi siempre problemáticos.

Ramón Castejón Bolea – Salud Pública, Historia de la Ciencia y Ginecología, Instituto Interuniversitario López Piñero – UMH

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